Erasmo

ErasmoCastellanosQuinto

Erasmo Castellanos Quinto (1880 - 1955)


Una vez expresó don Erasmo Castellano Quinto, “nunca me dijeron la fecha exacta de mi nacimiento”, frase que viene a colación porque en las biografías que se han escrito del maestro figuran indistintamente dos fechas de su natalicio: el 3 y 17 de agosto de 1880.

Lo cierto es que vio la luz primera en Santiago Tuxtla, Veracruz y que después de cursar la carrera de abogado se convertiría en un profesor emblemático de la Escuela Nacional Preparatoria, sería un ejemplo de vocación y de entrega a la educación y enseñanza de los jóvenes mexicanos. Su vocación por la enseñanza, la literatura y las humanidades clásicas no se reflejó en el simple desempeño de una actividad para ganarse el diario sustento, sino en lo que el filósofo Eduardo Nicol llamó la vocación como cuidado de la vida, la que dota de carácter al ser.

Se sabe que tal vocación requiere un ejercicio radical y amplio que no deja espacio para otros ejercicios marginales y,

...en estos casos, la vocación de la vida y la vocación profesional
se confunden de tal modo que todo acto resulta en verdad profesional.


No se pretende en estas líneas hacer una biografía de don Erasmo, del personaje que da nombre al plantel número 2 y al que siempre se recuerda con veneración, sobre todo cuando al pasar por uno de los patios, cercano a la biblioteca Raúl Martínez y Rosas, se admira su noble figura que cobra expresión en una espléndida escultura. Ahí está, meditando, como contemplando, sumergido en una paz eterna, el paso de las jóvenes generaciones que van forjando y cristalizando sus más caros ideales.

Lo que aquí se pretende es tan sólo recoger algunos testimonios que dan cuenta de su personalidad, de su quehacer educativo y de las virtudes que atesoraba en su espíritu este egregio humanista, considerado en México el más profundo y primer cervantista de América.

Al estallar la revolución en 1910, Erasmo Castellanos Quinto frisaba los 30 años. Eran tiempos difíciles y dramáticos en los que florece, como dice Vicente Magdaleno, un heroísmo pedagógico. Entonces hubo maestros que acudieron a cumplir su misión educadora en San Ildefonso sin retribución económica alguna, entre éstos figuraba el maestro Castellanos Quinto que llegó a dar clases en su casa o en los más diferentes sitios, empeñado en no interrumpir su labor educativa.

Manuel González Ramírez, alumno de don Erasmo, que llegó a ser brillante jurisconsulto y escritor, recuerda a su maestro el día en que ingresó en la ENP cuando éste pronunció un sentido discurso en el anfiteatro Bolívar para inaugurar los cursos del año escolar. El maestro, refiere González Ramírez tenía entonces la barba negra y su oratoria me impresionó, como que formó parte de las primeras emociones que tuve cuando pisé el umbral del Colegio de San Ildefonso, emociones que no he olvidado y que de tarde en tarde suelo hacer alusión a ellas. Siendo ya su discípulo en cursos superiores en la Facultad de Filosofía en la Universidad, prosigue este autor, el maestro Castellanos nos habló sobre la obra del escritor uruguayo José Enrique Rodó, viendo en El ariel un símbolo de la libertad que se debería conquistar cada día, constantemente y sin desfallecimiento.

… y hablar de libertad en esos momentos, no sólo era necesario por la perennidad del tema sino, fundamentalmente, porque nuestra
patria iba entrando a la fase constructiva de la Revolución.


Son realmente emotivas las vivencias que González Ramírez plasma en las páginas que dedica al ilustre maestro y cervantista ejemplar, en su libro Recuerdos de un preparatoriano de siempre, publicado por la UNAM en 1982. Reconoce que fue una institución en la ENP y que en más de medio siglo profesó su cátedra, con el sentido ilustre que lo caracterizó y con la adhesión personal que prácticamente lo hizo morir en el pupitre desde el cual dictaba sus lecciones. Sobresale su figura de maestro sabio de conceptuosa palabra. Cuenta emocionado cómo se extasiaba con sus cursos sobre el Fausto, el Quijote o con la Divina comedia y cómo le logró trasmitir un amor profundo hacia los libros. Y recuerda, además, que don Erasmo, a partir de la lectura de El Quijote, sacaba edificante filosofía pues mostraba que aunque se tuviera el riesgo de perder la razón, es siempre necesario hacer el bien y luchar por la justicia en forma desinteresada ya que todos los campos del mundo son como los de la Vieja Castilla; pero, lamentablemente, no todos los seres humanos llegan a encarnar las excelencias que caracterizaron al Caballero de la Mancha.

En 1940 ingresó a la ENP otro inquieto discípulo de don Erasmo que también llegaría a ser un célebre escritor e importante representante de la novelística mexicana. Se llamaba Ricardo Garibay. En su obra Fiera infancia y otros años, publicada por la Editorial Océano en 1987, Garibay evoca la figura de Erasmo Castellanos Quinto imaginándolo como un personaje de 100 ó 150 años, habitante del Antiguo testamento, largas greñas grises le crecían desde las patillas y la nuca; barba y bigote raídos y casi blancos. Todo ese cúmulo de años que el escritor le atribuye a don Erasmo es tan sólo una metáfora para expresar que el maestro resumía una gran sabiduría que no era mera erudición. Sin duda, su sabiduría se ajusta al perfil del humanista que traza Gabriel Méndez Plancarte cuando señala que el humanista auténtico es el hombre que, mediante la asimilación de los más altos valores de la humanidad precristiana y su síntesis vital con los valores supremos del cristianismo, llega a realizar en sí un tipo superior de hombre en el que la esencia humana logra florecimiento y plenitud.

Ricardo Garibay retrata al maestro Castellanos Quinto como un hombre menudo, un poco jorobado, vestía bombín, zapatos tenis (aunque Raúl Martínez y Rosas sostiene que no son tenis sino que el maestro Erasmo calzaba alpargatas) y un traje negro cruzado, de solapas anchas y largas u otro gris claro. No tenía más. Cargaba sus libros y cuadernos en una bolsa de ixtle. Además, relata la siguiente anécdota: cierta vez un discípulo rico le regaló un portafolios de piel con chapa de oro; pero, el maestro no quiso desechar su vieja bolsa de ixtle argumentando que ésta ya se había acostumbrado a sus libros y que jamás se habituaría a cargar esa cosa tan costosa. Este suceso habla de la modestia de este gran maestro, humildad que, además, se manifestaba en su amor franciscano hacía los animales, principalmente los perros y gatos que fueron objeto de sus más fervientes atenciones y cuidados. Sufría y se sentía triste cuando observaba que alguna de estas criaturas estaba herida o hambrienta y procedía a curarla y alimentarla.

No olvida Garibay las enseñanzas de su maestro: nos hizo amar la gran literatura, vivir en ella y para ella y poner la arrogancia frente a los demás y la humildad frente al oficio.

…Yo digo de él que me he esforzado con cuanto he tenido a mi alcance, por acercarme siquiera de lejos a las inmensidades que me hizo vislumbrar.


Otro notable discípulo de don Erasmo y brillante universitario, el doctor Ruy Pérez Tamayo, al escribir sus memorias en 1972 cuando aún no era muy conocido refiere nuevas facetas, no menos interesantes, del inmortal maestro: era, un viejo milenario profesor de la ENP que tenía una figura adorablemente absurda de santo, mezcla de San Jerónimo, del Greco y del Quijote de Doré, con largas pero ralas barbas blancas, ojos de color azul canica a los que fácilmente acudían las lágrimas y entonces parecían ágatas, y el caminar inseguro y lento que se hacía más grotesco por los zapatos tenis con que completaba su humildísima vestimenta. Lo llegó a comparar con el flautista de Hamelin perseguido por docenas de gatos fieles. También recuerda el día que el maestro llegó con un humilde violinista ciego a la clase y, a pesar de que éste estaba muy lejos de ser un virtuoso de la música, logró extasiar a don Erasmo con sus sublimes melodías. Me di cuenta –escribe su hoy famoso exalumno– de que, con los ojos cerrados y una expresión de felicidad y beatitud infinita, asumida dulcemente como si escuchara cantos celestiales.

La obra de Erasmo Castellano Quinto ha sido poco estudiada y valorada. En vida del maestro se editó un libro con poemas suyos con el título Del fondo del abra (1922), con ilustraciones de Carmen Foncerrada, así como dos investigaciones en prosa: Las siete murallas o el Castillo de la fama, en donde se analizan versos de Dante en La divina comedia y El triunfo de los encantadores que versa sobre sendos capítulos del Quijote.

Cabe recordar que en 1962 fue publicada su Poesía inédita por el maestro Roberto Oropeza Martínez, otro de sus discípulos sobresalientes y catedrático de literatura en la ENP, plantel número cinco, José Vasconcelos.

Los especialistas señalan que la poesía del connotado cervantista es equiparable a la de Luis G. Urbina, ya que tiene buena versificación y un claro sentimiento del paisaje y de las cosas próximas. He aquí una brevísima muestra del hálito poético que envuelve su obra:

Mudos están meciéndose en mis ramas
los nidos de las aves que partieron
persiguiendo del sol las rubias llamas
¡cuántas miré partir que no volvieron!


El maestro Gustavo Escobar Valenzuela cita a la maestra Judith Álvarez Narváez estudiosa de la literatura mexicana, quien dice que la poesía de Don Erasmo:

...no sólo trata los problemas del hombre de todos los tiempos, los trata de manera hermosa, la riqueza de metáforas y epítetos tal vez resulta exagerada para nuestro tiempo, la extensión de algunos de sus poemas también, pero la reminiscencia que hace de los mitos e historias griegas, latinas, italianas, francesas, germanas nos muestran, además de una enorme cultura, gran sensibilidad, límpida mente y bien intencionado actuar.


Aludiendo a la obra Del fondo del abra, el maestro Rafael Santos Jiménez observa que los poemas que la conforman hacen inhalar esencias aromáticas que recuerdan las Églogas de Virgilio, las Odas de Horacio y Fray Luis de León así como las Rimas de Bécquer, al mismo tiempo que descubren la exquisita afinidad espiritual de dos amigos, colegas de Erasmo Castellanos Quinto, los inmensos poetas Amado Nervo y Luis G. Urbina.

Al concluir estas líneas nos quedamos con la convicción de que un excelente maestro de la más genuina vocación, como lo fue Erasmo Castellano Quinto, es aquel que trasciende las épocas, perpetuándose en sus discípulos, sembrando vocaciones, difundiendo edificantes enseñanzas y transmitiendo aquellos valores que encarnan lo más excelso de la estirpe humana. Con acierto la periodista Yolanda Cabello dejó escrito, refiriéndose a Castellanos Quinto:

...a hombres tan valiosos como él hay que recordarlos permanentemente. Sin que medien aniversarios, fechas especiales o ceremonias solemnes. Sirven como prototipo del ser humano que sin proponérselo marcaron huella profunda.